A los 15 años sobrevivió a algo a lo que no se sobrevive: Seis kilómetros sin brazos.

Lo que hizo después es lo que la pone aquí.

Testificó dos veces contra Lawrence Singleton, el mismo hombre, con veinte años de diferencia. La primera en 1978, cuando aún no sabía andar con las prótesis. La segunda en 1998, cuando él ya había matado a otra mujer y ella voló a Florida a contarle al jurado lo que ese señor era capaz de hacer.

Apoyó la ley que en 1987 subió la pena por torturas en California de catorce años a un mínimo de veinticinco. La prensa la llamó la “Singleton bill” por el agresor. Podría haber llevado su nombre.

Se fabricó sus propias prótesis con piezas de neveras y de equipos de música, porque las que había no le servían. Con esos brazos aprendió a dibujar y a pintar. Antes del ataque, dice, no sabía trazar una línea recta.

Tuvo dos hijos y montó una fundación para acompañar a otras víctimas de crímenes violentos.

O sea que la lista de cosas que le quitaron es larga, y la de cosas que construyó después también.

Qué tía.

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